Sentado frente a un cuaderno con un portaminas y una goma, escribiendo unas inútiles palabras de introducción. Mis ojos titilan frente a la poderosa luz de una lámpara y permanezco sentado, sin moverme, haciéndole compañía a la soledad y al silencio. Ninguna idea cruza por mi cabeza, la calle está despejada como el centro de un día domingo. El lápiz sólo se mueve y escribe lo que estás leyendo. Por primera vez deseo escribir lo que pienso, sin detenerme a pensar lo que estas palabras expresan, sin elegir narrador alguno y sin ni siquiera ser escritor. O sea, sin ser escritor conocido, ya que el hecho de estar escribiendo estas letras me hace uno de ellos. Tal como Dante o Hesse, soy uno de ellos, pero en renacuajo, en cascarón, a punto de realizar un Big-Bang.
Repentinamente un exquisito olor a flor me envuelve en los recuerdos y me impulsan hacia adentro. Me veo en el colegio caminando solitario, igual que Sinclair en Demian. Pero un suave olor a flor despierta mi corazón bruscamente y me siento renacer, volar hasta la luna y volver a caer. Intento saber de donde proviene, pero no lo encuentro, se ha esfumado.
El rutinario timbre logra a duras penas sacarme de mis pensamientos, del deseo de no olvidar jamás ese olor. “Las células son las…”-decía mi profesora de biología, pero yo estaba en otro mundo: en el mío, en mi interior…
Era una colina desde las cuales podía observar un bonito paisaje. Caminaba alegremente mientras el sol azotaba mi cara, haciéndola brillar de alegría. Iba caminando sin rumbo, cuando inesperadamente siento ese olor. Ese que hacía revolver mis entrañas, el que hacía fluir por mi cuerpo la savia del amor. Era ése, el olor a flor.
Y lo sigo, desviándome del camino. Lo tomo de la mano, mientras él me lleva, levitando hacia un lugar desconocido, pero no temido por mí. No mientras él existiese. Flotando como en un sueño, caigo. Ese aroma me ha dejado. Lo busco desesperadamente y lo encuentro. Con una forma contorneada, me recuerda a una mujer. Luego dibuja lo que podría ser sus cabellos, sedosos y brillantes y sobre éstos un rojo sombrero. Era una joven, con un vestido de flores de distintos tamaños destacadas en un fondo blanco. En una mano llevaba una especie de canasto con más flores, de diversos colores y olores. Pero, como en el romanticismo, la forma importaba poco. Era ella, su esencia, lo que atraía, lo que llamaba, extasiaba y capturaba. Era como torcerle la mano al destino en un viaje sin retorno.
Se encontraba de espaldas a mí, frente a un naranjo cuyo olor se mezclaba suavemente con la frescura de ella. Y en cámara lenta, ella se comenzó a dar vuelta…se acercó y…
- ¡Marcelo!- ese grito vino como una bofetada a arrancarme de un mundo de ensueño en menos tiempo del que canta un gallo. Aturdido, a duras penas logré darme cuenta que me encontraba parado sobre la mesa del último puesto, con una pierna elevada hacia la ventana y ochenta ojos sobre mí. Los ojos de la profesora parecían bolas de fuego capaces de atravesarme tras una mirada. Al haber seguido el olor, ese olor caótico, mi sueño y la realidad se habían enlazado.
Once treinta: las agujas del reloj se habían dispuesto a mi favor para romper el esquema de esa desagradable clase. El timbre retumba en mis oídos y mis piernas se echaron a correr esquivando mesas, sillas, puerta y alumnos….pero era inútil esquivar ese olor, TENÍA QUE ENCONTRARLO.
Lo seguí por los buses y entré en el casino. Parecía que cada persona hubiese sido tocada por ella. Confundido, la cabeza me daba vueltas y, a su vez, el aroma de ella daba vueltas en mi cabeza. Mi corazón ya no cabía en mi cuerpo. Lentas gotitas bajando desde mi rubia cabellera. Mis ojos oliendo como sabuesos, mi nariz observando como halcón. Lo sentía , lo volvía a sentir, pero ahora estaba decidido a encontrarlo. Me llevaba y sentía al mundo en su entropía. Medio adormecido por aquel olor, sólo reaccioné cuando frente a mí apareció la puerta de una sala de clases que se ubicaba al otro extremo del edificio. La abrí y vi que junto a la estufa se encontraba de espaldas a mí una joven de cabello castaño, cabeza redonda, figura contorneada y una suavidad que se descubría al mirarla. Me acerqué lentamente y el olor se hizo más intenso. Ahora sólo estaba a dos pasos de ella. La tomé por la cintura, ella giró su cabeza y…
-¿Mamá?-pregunté sorprendido. En el cuerpo de ella estaba la cara de mi madre.
-¡Si, hijo-respondió ella-¡A levantarse, ya son casi las ocho!
Cuando logré salir del sopor de ese sueño, aún no podía creerlo. Justo cuando estaba a punto de descubrir quien era la dueña de mis sueños, me despertaron.
Una ducha, un tazón de leche y al colegio. Apenas alcancé la puerta de entrada cuando me di cuenta de algo. Flor, un resumido, anhelante y cautivante aroma a flor me envolvió como una esencia y ella pasó al lado mío, mientras sus cabellos se movían afablemente al ritmo de sus pasos. Sin perder un segundo, la cogí de la mano y la miré.
Anonadado ante tan indescriptible belleza, sus ojos de un penetrante color azul, grandes y algo asiáticos, delimitados por unas enroscadas pestañas; su nariz elegante, respingada y pequeña; su corazón agitado, cerca del mío. Sus ojos me miraban desorbitados mientras yo observaba la perfección de sus labios, al parecer hechos por un Miguel Ángel o un Da Vinci y pintados con la sangre de alguna alondra solitaria, ya que su rojo era más poderoso que el de una rosa que de blanca se hizo carmín. ¡Era ella, lo que siempre había buscado! El olor a flor era cada vez más intenso a medida que su boca se acercaba más a la mía. Yo cerré los ojos, inexperto besador, y sentí el roce de su labio superior con el mío.
Las sábanas enrolladas y la pieza iluminada por una débil luz: el brillo del sol al amanecer. Yo, el romántico, me encontraba besando el respaldo de la cama. Al lado mío, las flores que le había regalado mi padre a mi hermana para su cumpleaños.
Era un domingo…pero no uno cualquiera.
Neo